
Hace un tiempo decidí que hay cosas que ya no quiero hacer. Por ejemplo, decidí abandonar la práctica activa del fútbol, pues según un postulado propio que está ampliamente probado, el jugador que ha ingresado a la tercera década de vida está más propenso a las lesiones fuleras, llámese meniscos, desgarros o los tan temidos ligamentos cruzados. Siendo parte, entonces, de este grupo etario, decidí que no me quiero romper por jugar un partido que no dejará más que una serie de dolores corporales en el mejor de los casos.
Otra de las cosas que ya no quiero hacer es ver películas de terror. Nunca he sido un amante del género, pero como todo varón he pasado por la etapa adolescente en la cual un grupo de púberes se juntan a ver una de miedo en pos de forjar el caracter bravío propio del hombre en ciernes. Bajo aquellas circunstancias pasaron Poltergeist, Pesadilla, La Hora del Espanto y Diabólico, algunas vistas con la sábana apenas descubriendo los ojos.
Con el correr de los años, mantuve cierto vínculo -escaso, debo reconocer- con el cine de terror, incluso hasta en el cine. Creo que sólo disfruté Sexto Sentido, por su novedoso final, y alguna que otra más en la que valió la pena el susto. El resto de las películas sólo me incomodaron en la butaca, apretando de más el apoya vasos o la bolsa de pochoclo.
Y entonces ya no más. Abandono el cine de terror -rubro cinematográfico que, en mi defensa, no muestra algo nuevo hace rato- y me dedico a los otros géneros, más amenos y amigables.
Los burlones de turno mancharán mi hombría con el gentil título de cobarde, sino alguno de más baja estofa, pero allá ellos. Estoy harto de saltar en la silla cada vez que una sombra pasa por detrás del protagonista y suena el estruendo de la música. Harto, ya.

