miércoles, 24 de junio de 2009
Fascinante
jueves, 18 de junio de 2009
Arsénico (II)
En realidad, Tía Mariela no era tía de todos. Le decíamos así, pero el único pariente real era Maraveli. La vieja tenía una casa enorme, con unas 5 habitaciones al pedo, que había sido sitio de interminables tardes de juegos cuando niños y fumadero, madriguera de licores y hasta especie de bulo cuando entramos en la adolescencia. Incluso cada tanto nos volvíamos a juntar allí, montando célebres noches de poker, playstation y largas caladas de un home grown que conseguía Oliva. Confieso que uno de los divertimentos más grandes era burlarnos descaradamente de Tía Mariela y sus historias, algo laberínticas producto de un cerebro senil. Maraveli vivía con ella desde hacía varios años.
Pero ahora la vieja estaba en un cajón y nosotros (su nierto, Oliva, yo y algunos deudos más) alrededor del cuerpo, dando el último adiós. Maraveli le tocaba la mano. El olor penetrante de las coronas me enervaba. Codeé a Oliva con disimulo y salimos hacia una ante sala donde el personal de la cochería servía café y masitas de coco. En un sillón, tres viejas de unos 90 años hablaban de lo rápido que pasa la vida. La puerta se abrió de golpe.
–¿Qué hacén, putos?–murmuró el gordo Arsenio, un sándwich en la mano y tres claveles rojos en la otra.
Arsenio se acercó hasta el cajón y abrazó a Maraveli, al tiempo que metía las flores un jarroncito. Si bien a Maraveli el gordo le caía ciertamente como el culo, valoró el gesto y aceptó el abrazo. Al rato, los cuatro estábamos sentados en los sillones que habían dejado las viejas. El gordo comía el sándwich de matambre como si no hubiera un mañana.
– Es que no cené–ilustró Arsenio con la boca llena.
– No parece– retrucó Oliva, como para distender. Maraveli hizo una mueca que no llegó a sonrisa.
– Qué loca es la vida, ¿no?–intentó filosofar Arsenio, pero ante mi gesto imperativo le lanzó otra mordida al sándwich. Una mota de mayonesa le manchó la campera.
– Muchachos, gracias por venir– musitó Maraveli. Hacía fuerza para no llorar. –La verdad que fue un accidente ridículo, no se puede creer como un día te vas y está todo bien y cuando volvés se fue todo a la mierda– siguió.
– Como le pasó al Mono Navarro Montoya– soltó el gordo.
– No empecés, pelotudo– fustigó con razón Oliva– no estamos para joder.
– Bueno, bueno, quería distender.
Se hizo un silencio. El gordo manoteó una masita de coco.
–Fue cuando lo de halcones y palomas– agregó. Oliva ya le prestaba atención.
– Parece que al Mono lo pescó la cana con un trava y tuvo que pagar una cometa enorme para que no lo botonearan…
– Sos un boludo, Gordo, no respetás un carajo– casi le grité entre dientes. Maraveli estaba indignado. A esa altura Arsenio ya se había convertido en “Arsénico” y nada le importaba más que terminar su historia.
– ¿Y la pelea del plantel de dónde surge? – se interesó Oliva, a esa altura ya bien metido en la historia.
–No te apurés– corrigió Arsénico–La cosa se fue al carajo cuando el Mono les mangueó guita a Márcico, Manteca Martínez y varios más para pagar la cometa y nunca se las devolvió. Y ahí se pudrió todo.
– ¡Sos un chamuyero de mierda! – estalló Oliva en una carcajada.
La sala entera clavó sus ojos sobre Oliva, indignados ante el grito inoportuno.
– Perdónenlo–dijo el Gordo con tono solemne– A veces le cuesta ubicarse. Ya nos vamos.
Lo tomó del brazo y lo sacó de la sala, como un maestro poniendo en penitencia a un alumno. Maraveli me miraba, incrédulo.
– ¿Ves por qué te digo que es un hijo de puta?
lunes, 15 de junio de 2009
No tenía pinta de...
Locomotoras y vagones de la época dorada del ferrocarril en Argentina, muchos ingleses, algunos franceses, se arrumban ante el paso del tiempo, pese al esfuerzo de mantenerlos presentables. Son pocos a los que se pueden subir, la mayoría está cerrado y sólo se los puede apreciar desde afuera.
Dentro de un galpón, descansa un vagón especial. Por un lado, se trata de un coche RF, o "Reservado Familias", y según la explicación recibida lo usaban familias pudientes para trasladarse con su personal de servicio. Camarotes, cocina, tres baños y un comedor con hogar, se reparten a lo largo del coche.
En un extremo, se ubica el sector "dinamométrico". Una serie de aparatos mecánicos (la computación no estaba en los planes de nadie) medían y controlaban la actividad del tren en marcha, el estado de las vías y recolectaba todo tipo de información para que el maquinista supiera sobre el funcionamiento de su tren.
Custodiando todos estos aparatos, con mucho celo por tratarse de equipos únicos, prácticamente, hay un señor, ya mayor, que brinda una charla explicativa. Ha pasado años, décadas, en el mundo ferroviario y conoce todos los vericuetos. Gafas de marco grueso, pocos pelos canosos sobre las sienes, voz cascada de tanto contar la misma historia. Tiene, por lo que expresó, cierta animadversión con los niños que suben al vagón y tocan todo con sus manos inquietas.
Quedé a solas con el viejo. Estaba sacando unas fotos, cuando el viejo lanza un comentario de ocasión: -Esto ya no lo tenemos hoy.
-Es de otra época- respondo casi de compromiso, aunque la charla me había interesado.
-¿Sabés qué pasa?-entra en confianza el viejo-Hoy ya no se piensa con la cabeza. Se piensa con los pies. Hoy todo es Maradona, Susana Giménez, la televisión...Este país ya no es lo que era, ahora se llenó todo de bolivianos y coreanos y el Gobierno les regala casas a todos...
Desbarrancó definitivamente. No tenía pinta de xenófobo. Lo abandoné y seguí sacando fotos. Al rato lo escuché gritar porque habían subido 6 chicos al vagón.
lunes, 8 de junio de 2009
Bing...o
Anexo a Mi Amigo Martín.
Ya por la mirada que puso al romper el papel, noté que le gustó. Abrió el librito en la página central, una foto de los tres Genesis tocando. "¿Y dónde está Phil Collins?", preguntó.
Es el del medio, el de la batería, respondí. Claro, para él Collins sigue siendo el de los videos de los 80, semi calvo, pelito largo. No es ese señor canoso y casi sin pelo entrado en años. "Se cortaron el pelo", aventuré para no desilusionarlo. Evité mencionar que el DVD era de una gira despedida y que, probablemente, ya no vuelvan a tocar en vivo. Mi amigo Martín aún conserva la ilusión de verlos en un estadio argentino.
Al rato se acerca otro niño, calculo que de la misma edad, y al ver mi regalo lanza una pregunta cargada de sorna: "¿por qué no le regalaste uno de los Jonas Brothers o de Michael Jackson? Son mucho mejor que estos"
Mi amigo Martín sale en defensa de su trío favorito y asesta un golpe de nocaut: "Hmmm"-dice apretando los labios- "Nada que ver, nene. Esto es rock."
Conversaciones surrealistas sobre el rock en el buffet de un club de barrio, con un chico de 7 años.
