domingo, 31 de mayo de 2009

Mi amigo Martín.




Mi amigo Martín me dijo el otro día: "si no escucho Genesis me muero".

No seas exagerado, le dije. "De verdad", insistió mi amigo Martín, "una vez por día lo necesito".

¿Y cuál Génesis te gusta más, el de Gabriel o el de Phil Collins?, pregunté casi lógicamente.

Mi amigo Martín respondió, muy serio: "Phil Collins".

Estamos en el auto. Esperamos en una estación de servicio a que terminen de comprar algunas cosas en el mini mercado. Pongo "Land of Confusion".

Mi amigo Martín dice: "no me gusta esta canción".
¿Cómo que no?, reacciono. Es un gran tema, además tenía un video muy bueno, con unos muñecos de goma espuma...

Mi amigo Martín interrumpe y me reconoce: "me dan miedo".

¿Y qué canciones te gustan?, tanteo, agarrando la cajita de Turn it on Again: The Hits, un compilado de fines de los 90.

"Congo", responde mi amigo Martín.

¿Congo? No puedo entender. Una canción perdida en el mar de hits, cantada por Ray Wilson (reemplazante de Collins en el disco Calling All Stations, de 1997), y que no forma parte del mapa de grandes clásicos.

¿Cuál más? Le paso la cajita a mi amigo Martín.

"El 1, el 2, 3, 14, 6, 5, 11 y 13", dice con la seguridad del fanático. Más o menos coincidimos, aunque no soy un declarado seguidor de los ingleses. Canturreo el estribillo aquél de "Too many men/ There´s too many people/ Making too many problems..."

"Poné Congo", insiste mi amigo Martín.

¿No te gustan los Guns N Roses?, retruco, mientras le muestro la cajita que están en la puerta del coche.

Recibo un "no" tajante.

Me parece que vos sos un tanguero, Martín, chicaneo.

"No me digas así", pide mi amigo Martín. "Y poné Congo, dale", insiste.

Le hago caso, después de todo, estamos escuchando su disco, en el auto del papá de mi amigo Martín.
Vuelve el padre. ¿De qué hablaban?, pregunta.
"De rock", contesta mi amigo Martín.

Mi amigo Martín tiene 6 años.

viernes, 29 de mayo de 2009

Se secó el pozo.

Algunas ideas poco tiempo no puedo redondearlas no encuentro momento para escribir no hay lo que poner lo siento.

lunes, 25 de mayo de 2009

Aburridos


¿Notaron los amantes del deporte motor como los periodistas ajenos a la Fórmula 1 se empeñan en sostener que la actual (y apabullante) actuación del equipo BrawnGP es "aburrida". Son los mismos que clamaban por "cambios" en la categoría cuando Schumacher y su Ferrari ganaban una tras otra.

Pues bien, los cambios llegaron. Una escudería absolutamente menor, que estaba colgada del pincel poco antes de arrancar el torneo, saca de la galera 5 de 6 carreras, suma más puntos en lo copa de constructores que los 3 equipos importantes juntos; revive a un piloto cuya carrera tenía destino incierto y demuestra que Ross Brawn es el mejor estratega de la categoría por lejos. Todo eso en 6 carreras. Red Bull es otro soplo de aire fresco. McClaren se arrastra por la pista. Ferrari fue de error en error hasta la carrera de Mónaco, en donde apenas enderezaron la nave. Si Brawn sale campeón es Platense ganando la Libertadores. ¡¿Y encima dicen que es aburrida?! ¿No son acaso suficientes cambios? ¿No habrá que sentarse a ver una carrera, analizar un poco quién es quién en la categoría y ver qué resultados obtiene? Ah, cierto, hay que levantarse muy temprano los Domingos.

lunes, 18 de mayo de 2009

El Cuento del Gordo Arsénico (I)


–Fijate.

Maraveli apuntó con el mentón a la ventana enrejada del vestuario. No vi más que los alambres doblados por los pelotazos que, desviados, marraron en algún momento el arco de la cancha número 3.

–Ahí pasó– sentenció misterioso Maraveli. Yo no vi a nadie. Oliva, como de costumbre, se paseaba en pelotas por todo el vestuario, casi deseoso de ser observado. Pero Maraveli tenía la vista clavada en la puerta vaivén del vestuario, que algo desvencijada por el paso de los años aún protegía la intimidad de los pretendidos futbolistas. La hoja de la izquierda crujió ante el peso de una mano rechoncha que avanzaba.

–Cagamos– musitó Maraveli.

– ¿Qué hacen, putos?

El gordo Arsenio hacía su ingreso triunfal, un paquete de papas fritas en la mano que no empujó la puerta. Lejos de jugar al fútbol, el gordo insistía en venir a la canchita para, según su propio decir, “vernos las caras”. Pero Arsenio tenía otras intenciones. Lo conocíamos desde hacía muchos años, cuando compartíamos aula en el colegio Lisandro de la Torre de Castelar. El gordo siempre había sido gordo, pero se había ganado más de un mote durante su trayectoria escolar. El último apodo, era “Arsénico” y era el que mejor le calzaba, en rigor de la verdad.

A lo largo de los años, quizás por acumular las cargadas ácidas del grupo, quizás por el simple hecho de ser un sorete, el gordo se había convertido en un especialista a la hora de destilar veneno, acaso su deporte predilecto. De ahí lo de “Arsénico”, apodo del que se ufanaba.

–¿Ya juegan? – El gordo hablaba sin parar de comer, como si el paquete no tuviera fondo.

– En cinco minutos– La cara de culo de Maraveli certificó lo mal que le caía el Gordo.

–Me llamó Garganta– cambió de tema Arsenio– Tengo una jugosa.

El vestuario pareció quedar en silencio. Hasta las duchas bajaron el volumen y la caída de agua ya no chocaba, estrepitosa, contra el piso color bordó.

– Y es posta, de verdad, ¿eh? – avivó el Gordo.

Garganta, si es que existía, era un concuñado de Arsenio que supo trabajar en AFA unos quince años atrás y que, como si fuera un oráculo, conocía los secretos más guardados y vergonzantes del mundillo del fútbol gracias a “contactos de adentro” que, presumía, había sabido mantener. Aunque no fueran reales, hay que reconocer que el Gordo sabía generar atención para soltar su maledicencia.

–¿Qué dijo?– pareció interesarse Oliva, que todavía estaba en bolas. El gordo manoteó otro puñado de papas fritas.

–Mirá que es picante, ¿eh? – estiró el suspenso.

–¡Dejá de hinchar, gordo chamuyero, lo único que hacés es ensuciar a la gente! – apuró Maraveli, ya casi fuera del vestuario.

– Parece que Luciana Salazar le echó flit a Lux después de una encamada por eyaculador precoz­– lanzó sin anestesia.

Maraveli pateó la puerta y se fue, indignado. Oliva estallaba de risa y Cañones, el que cuidaba el vestuario y se parecía al tío de Isidoro, paraba la oreja para recontar el chisme más tarde.

–¿De dónde sacaste esa boludez? – inquirí.

– Me la tiró Garganta. Se la contó un chabón que era vocal en River, que tenía un primo que le alquilaba un depto a dos amigos. Uno de ellos fue el que puso el derpa para la noche con la Salazar. Así que debe ser verdad –redondeó el Gordo.

­–Pero parece que al arquero le apretaron el pomo antes de tiempo…– aportó Oliva en medio una carcajada.

–¡Hay que ser pelotudo!– remató el Gordo.

A los cinco minutos de partido ya íbamos 3 a 0 abajo. Bajo los tres palos, no podía dejar de pensar en el pobre Lux y su noche frustrada. Atrás de mi arco, el Gordo seguía comiendo papas fritas.

–Cuando terminen haceme acordar que te cuente otra– soltó al descuido– Es buenísima. Incluye a Greta Rodríguez, Faryd Mondragón y a un juez de línea que no me acuerdo el nombre. Haceme acordar, boludo.

Y siguió comiendo papas fritas.

lunes, 11 de mayo de 2009

El arte del buen comer



En la populosa Ramos Mejía, alguna vez bautizada Perla del Oeste por algún trasnochado sin nada mejor que hacer, hay una especie de boom gastronómico. Sí, sí, aunque suene raro. Alguna vez el barrio se caracterizó por sus boliches que arrimaban bailarines de otros sitios, incluida la capital, situación que mermó a mediados de los noventa y que hoy intenta revivir con cierto empuje a fuerza de discos que ofrecen shows de strippers (masculinos y femeninos) y otros que gustan de salir en los programas de cámaras testigo o de policías en acción con sus trifulcas tumultuosas por la avenida Gaona.

La semilla del boom culinario creció de a poco. Primero fueron algunos pubs, cerca de la vía, bien puestos, target más alto que los de Gaona, tragos, platos pretenciosos, buen alcohol y buena música. Luego aparecieron los restaurantes, algunos más sencillos, otras con aire Palermitano como si tal cosa fuese un sinónimo de calidad. Algunos resultaron una bocanda de aire fresco a la agotada propuesta gastronómica de pizza-café y poco más. Otros van derecho a un naufragio irremediable.

El sábado a la noche, di con la conclusión de que varios han visto el filón y cualquiera se manda a poner un restaurant en Ramos Mejía. Caí en un pretendido comedero español, que venía recomendado por alguien. En la entrada cinco pulpos medio secos flotaban en un cuenco. No había lugar, pero gestioné una mesa en sector fumador para no esperar 40 minutos (había menores involucrados, con lo que esperar no estaba en los planes). La carta se ofrecía generosa. Para señalar un detalle diré que la hoja de supremas marcaba más de una docena larga de variedades con nombres inverosímiles como Suprema Jockey Club, Suprema Alcaraz o Suprema Paulista y pretensiones por el estilo.

Opté por la que trae nombre de cigarrillos. Suprema, tomate en cubos, papas noisette. Simple. Sencillo. El resto de los comensales marcharon sendas supremas y una milanesa. Simple. Sencillo.

45 minutos. No hay noticias de la comida. Detrás nuestro, una mesa con 10 comensales, sentados apenas hace media hora, ya degusta su entrada consistente en rabas, tortilla, calamaretis y copetines onda gaita. Hago el reclamo, que en rigor de la verdad, sólo fue un "Disculpame...", porque la camarera, comedida, me atajó con un "Sì, ya sé, ya hice el reclamo". Juntó las manos en señal de disculpa y marchó adentro. A todo esto, ya eran las 11.45 de la noche, por lo que la opción de migrar a otro lado no era tal.

1.15 de espera. ¡Los de atrás comen una paella hace 10 minutos! ¡Paella, la puta que te parió! Llega la bendita comida. Las gaseosas pasaron a mejor vida y el vino casi. Mi plato: la suprema no era suprema. Ni siquiera era pechuga y ni hablar de un rebozado. Y encima alguna parte estaba medio cruda. Los tomates, cortados en mitades, ya eran un detalle menor. Las papas noisette misteriosamente habían terminado en el plato de mi mujer, que redondeó una guarnición de arroz, puré y papas. Los otros comensales no la pasaban mejor.

Sale la queja correspondiente y el pedido de ver al dueño, ya que la moza parecía sobrepasada. El dueño, al enterarse, camina hacia la puerta del local y se va. Aparece un "encargado" con más pinta de lava platos que otra cosa y ofrece un champagne en resarcimiento. Ante nuestra negativa (sólo queríamos la cuenta y partir) ofrece, en el siguiente orden: postres, café, champagne (otra vez) y licores como muestra de perdón y ensaya una disculpa sinuosa: "nos quedamos sin pechuga. Los platos a veces tardan un poco"

Le espeté que no habíamos pedido un lechón adobado sino cuatro milanesas de mierda, pero ya nada emparchaba el mal momento. Ni siquiera el descuento de 60 mangos que hicieron sin que lo pidiéramos. Lo peor no fue haber comido así, sino que alguien que no está preparado disponga de tu tiempo y tu salida como si no fuera importante.

Otro restaurant de la zona de Ramos que pasa a la lista negra. Van quedando pocos, pese a la gran oferta...

domingo, 10 de mayo de 2009

Otra vez sopa, Rubens...

"He sufrido con mi tercer juego de neumáticos y no he conseguido marcar los tiempos que me hubieran permitido mantenerme por delante de Jenson. Ha sido un gran resultado para Jenson y para el equipo, pero estoy decepcionado por no haber ganado la carrera después de un fin de semana tan bueno. Sin embargo, soy positivo y confío en que pronto llegará la victoria para mí."

- Rubens Barrichelo, Conferencia de Prensa.


Es notable como para algunas personas la historia es cíclica. Más notorio es en algunos deportistas, que suelen estar en el ojo público buena parte de sus vidas. El pobre Rubens Barrichelo, gran piloto que tuvo que convivir con las tremendas sombras de Ayrton Senna (compatriota, multicampeón y comparación directa) y con la de Michael Schumacher, su impiadoso compañero de equipo en Ferrari. Rubinho vio empalidecer su labor en la escuadra roja, destinado a ser un mero escudero del alemán para quién se reservaban las mejores y más novedosas estrategias en clasificación y en carrera, que eran producto de la mente de...Ross Brawn.

Hoy, el afable regordete de bigotes es su patrón en el equipo sensación del 2009. Como un signo de su carrera deportiva, Rubinho corroboró hoy sobre el asfalto catalán que la historia es cíclica. Otra vez penó por una estrategia distinta a la del piloto 1, otra vez escuchó a su coequiper ganador darle una caricia en la conferencia de prensa, otra vez estuvo a punto de ganar... Otra vez, Rubinho.

Apostillas
  • Otro papelón de Ferrari, que sigue acumulando frustraciones. Condenó a Raikkonen en la clasificación y a Massa en la carrera, poniéndole menos nafta que la debida y obligándolo a transitar las últimas vueltas a un ritmo insólito.
  • ¿Notaron que Tornello traduce cualquier verdura cuando se oye la comunicación por radio entre el box y el piloto?

martes, 5 de mayo de 2009

¿Genio o el boludo del año?

Muchas veces, los genios están adelantados a su época. Ha pasado, pasa y pasará. Le pasó a Galileo, le pasó a John Kennedy Toole y su libro La Conjura de los Necios, convertido en éxito tras su muerte...En fin, hombres nacidos en el momento equivocado.

Claro que, a veces, algunos pretenden disfrazarse con los dorados ropajes de la genialidad cuando, en definitiva, no son más que unos reverendos boludos. El personaje que aquí nos ocupa, que duda cabe, integra alguna de las dos categorías. Queda en ustedes decidir cuál, en la encuesta de al lado.



Por si alguien no conoce la canción, se trata de The Final Countdown, hitazo de los 80 de una banda sueca llamada Europe.

lunes, 4 de mayo de 2009

Vivir en una media

Lunes por la mañana. Al tedio habitual, repetido cada primer día laboral de la semana, se suma un tránsito lento, producto de choques varios y semáforos en descomposición.

Arribado al estudio, arranco por La Nación digital para ver qué cuenta el mundo. Llega el Panza. Me le río por la derrota de los bosters y pregunto cómo fue el Barcelona-Real Madrid. "¿Qué vivís, adentro de una media?", interpela Panza. No, boludo, estuve el fin de semana afuera, no vi televisión ni nada, fue la respuesta. Y ahí caí en la cuenta de todo lo que uno se pierde en un fin de semana de desconexión. Ni me enteré de lo que pasó con los autos, el tenis, el fútbol de allá, ni el de acá que se juega los viernes y sábados. Tan sólo escuché, a medias, en una AM mal sintonizada en la ruta, la derrota de River y pasé a un disco cuando terminó. Ese fue el único contacto con la realidad mediática en el fin de semana.

No está mal vivir en una media por algunos días. La vida sigue sin deporte. Será que las cosas que uno a veces considera fundamentales no lo son tanto, ¿no?