
El sábado fuimos a cenar, yo con la única intención de irme a torrar lleno de asado y el Colorado con ánimo de comer poco y salir en su auto -rojo, llantas, escape y suspensión que se maneja desde adentro- a los pedos para llegar a ya no se qué boliche. Pero en el interín, mientras nos pasábamos las fritas y el vacío, el Colorado contó sobre su última conquista: una morocha con aires de promotora de TC, que según dijo él, estaba para darle. Poca teta, pero buen ir. Una amiga en el medio a la que también le dio y que ahora se presentaba como un escollo. Lo bueno del Colorado es que narra con detalles. Y ahí nomás, mientras la historia fluía, no pude evitar el recuerdo del glorioso momento -acaso el único- que tenían los Benvenutto. Cuando Francella se encerraba en la pieza con sus gomías y chamuyaba (improvisaba) una historia de una cacería la noche anterior. Así me sentí, pero no se lo dije, para no cortar el relato y derivar la charla a los pantanosos terrenos del aburrimiento.
Al final, parece que la morocha se las tomó para Brasil y quedaron en verse cuando vuelva. El Colorado, por su parte, metió pedal a fondo hasta el boliche, donde estaba la amiga de una prima de no se quién, que aparentemente tiene buenas tetas y onda de sobra. No sé que habrá pasado, pero la próxima vez que me encuentre con el Colorado, seguro me va a contar.





